Nunca he llegado a comprender por qué a muchas celebridades sólo se las empieza a respetar después de su muerte. Sólo tras el diagnóstico de una grave enfermedad o de su desenlace final
comenzamos a adorar y respetar al unísono.
Uno no completa su concepción de la muerte hasta que le toca vivirla de cerca. Sólo se llega a comprender su verdadera dimensión tras la marcha un ser querido. De una bofetada comprendes que nunca más te sentarás a su lado, de nada te valdrá el “control+z”. ¡Bienvenido a la realidad!
La mejor terapia ante esta tragedia sin duda es eternizar los buenos recuerdos, y qué mejor manera que perseverándolos en la realidad física con un retrato। Para este fin me he decantado por la tradicional técnica del óleo sobre lienzo que tantos siglos de durabilidad en principio promete a la obra।

La mayor pretensión al idear el retrato de mi abuelo fue llenarlo de un simbolismo rebosante de significados. En la imagen ante todo plasmo mis recuerdos, convirtiéndose por lo tanto en la materialización subjetiva de mi propio pensamiento, es decir, que para bien o para mal no me he interesado por el recuerdo que los demás tenían sobre él.
Como he comentado en un principio existe una tendencia a adorar a los muertos y a convertir todos los recuerdos en positivos। Por suerte en este caso lo negativo que mantengo sobre mi abuelo es básicamente inexistente.
Un hecho marcó profundamente su vida, desde los 3 años una de sus piernas quedó prácticamente inutilizable por la
poliominitis. Por lo que siempre lo acompaño el bastón y por ello, de alguna forma su destino se alejó del trabajo físico del campo, acercándose al mundo de las letras, los números y el pensamiento, de ahí el periódico que mantiene con sus manos.

Muy pequeño, en la portada, aparece el número “
5” y también el texto “La inspección…” con el que comenzaba el titular del 5 de Mayo de 2008, que fue el último día en el que mantuvo su preciada rutina, en la que el diario Córdoba, entre otras costumbres, tenía primordial importancia
। Córdoba fue la ciudad en la que vivió los últimos años y en la lejanía permanecía el recuerdo de Almodóvar del Río que le vio nacer, existir, ser padre y ser abuelo.

Una personalidad rebosante de alegría se refleja en cultivos con colores saturados y en definitiva en un paisaje colorido y hermoso।

Los matices rosados y anaranjados del cielo nos indican que se aproxima el ocaso, el final del ciclo vital।

Tantas veces mi madre me describía como le preparaba, cuando era niña, su plato de tomate con sal y la copa de vino que esto paso a ser parte mi recuerdo। En la imagen disfrutará eternamente de sus placeres terrenales en un atardecer de verano sobre la fresca mesa de terrazo del patio de Almodóvar, rodeado de helechos y del castillo ineludiblemente unido a su pueblo.

No recuerdo visita a mi abuelo en la que no estuviera presente un dominó। Tardes y tardes colocando fichas minuciosamente en el suelo junto a él para finalmente ver como, empujando la primera, caían todas una tras otra. Las situadas en la parte izquierda de la imagen nos revelan la fecha de su boda: 2 de septiembre de 1953, las otras dos ofrecen datos sobre su progenie: dos hijas y un hijo, cinco nietos y una nieta.

La “jaca que galopa y corta el viento cuando pasa por el Puerto…” fue la estimada melodía que lo hizo vibrar durante casi nueve décadas। En la contraportada del periódico podemos observar la jaca y el jinete.

El color azul de la chaqueta simboliza la apariencia de un hombre formal, trabajador, organizado y ordenado con un buen puesto, y la corbata roja, refleja por un lado, un interior lleno de alegría, sentimientos, pasión y emoción, y por otro, que políticamente hablando fue “rojo”।

Las agujas del reloj con el matiz morado de la muerte anuncian la hora en la que se paró su reloj vital: 9:18h del 17 de Mayo de 2008।

El tendero reservaba su ejemplar del diario Córdoba con su nombre anotado a bolígrafo:

Su nombre es mi firma,
mi recuerdo es su imagen…